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¿Quiénes las hicieron?

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              He dado el nombre acomodaticio de “Los Dikís” a la cultura responsable de la fabricación de las esferas de piedra, sin embargo la antropología desconoce su nombre específico.            

            Esta laguna en la investigación ha dado pie a muchas especulaciones, algunas de las cuales promocionan la idea de una misteriosa civilización, desaparecida de la geografía costarricense cientos y hasta miles de años antes del contacto español, sin dejar rastros de su cultura.  

            En las próximas páginas veremos que tal concepción no es exacta.  

            Desconocer el nombre específico de esta cultura, no significa ignorancia total acerca de ella, ni de los grupos humanos instalados en el Delta del Diquís y en toda la zona sur del país desde épocas arcaicas.  

            Abordaremos tan inquietante pregunta retrocediendo en el tiempo, lo suficiente para abarcar la cuestión desde su génesis.          

  Los primeros amerindios

            Se concuerda que hace al menos 12.000 años, los primeros inmigrantes ingresaron al continente americano procedentes del noroeste de Asia. Otras evidencias, menos claras pero muy convincentes, extienden el periodo a más de 20.000 años. No se descartan migraciones menores provenientes de las islas del Pacífico.  

            La cantidad de migraciones, sus puntos de partida he ingreso es tema de intensas discusiones dentro de la comunidad científica. Sin embargo todos concuerdan, -independientemente de las rutas utilizadas para ingresar al continente-, que el hombre americano tuvo un origen asiático.  

            En algún momento avanzaron a través del istmo centroamericano, deteniéndose en la parte más estrecha constituida por lo que son hoy los territorios de Costa Rica y Panamá.

            Por miles de años ajustaron sus características biológicas y culturales a la zona de ocupación.  

El filtro biológico

            La posición y carácter geográfico de la frontera sur de Centro América, constituye una especie de “cuello de botella” un filtro biológico para los diversos organismos animales vegetales y humanos. Prueba de ello es la gran biodiversidad del territorio. El 5% del nivel mundial. Porcentaje notoriamente elevado considerando la estrechez del espacio en este punto del istmo.     

Las tres grandes regiones

            En términos geográfico-culturales se ha dividido en tres grandes áreas al conjunto de civilizaciones amerindias que evolucionaron en el continente luego de su ocupación:

a)     Mesoamérica

b)     Zona intermedia

c)      Región incaica o andina

 

La zona intermedia          

            La baja Centroamérica se ubica en el área intermedia, erróneamente imaginada como un simple espacio de transiciones.  

            En Costa Rica cubre casi todo el territorio nacional, exceptuando la provincia de Guanacaste. Al norte se extiende por las tierras orientales de Nicaragua y Honduras. Al sur abarca los territorios de Panamá, Colombia, y la parte norte de ecuador.  

            Los investigadores y estudiosos a nivel mundial, deslumbrados por la grandiosidad material de las civilizaciones Mesoamericanas, (emplazadas en la parte central y meridional de México y algunos países de Centroamérica) y fascinados a la vez por las magnificentes culturas andinas, (desarrolladas por toda la costa occidental de sur América), han relegado el área intermedia a segundos y hasta terceros planos de exploración. Pues se ha considerado a los grupos de origen chibcha que habitaron y habitan la zona intermedia, como tribus provenientes del norte y del sur en migraciones relativamente recientes. (1000 d.C.)  

            Por fortuna, un selecto grupo de científicos, entre ellos muchos costarricenses, como el biólogo Ramiro Barrantes, autor del libro “Evolución en el Trópico”, han aportado reveladoras evidencias de orden arqueológico, lingüístico, genético, etnográfico, etc. que contradicen de manera rotunda a las viejas consideraciones.  

Los nuevos resultados

            El peso de sus investigaciones es tal que ya pueden borrarse definitivamente de los textos, conceptos añejos y dar paso a los nuevos resultados, los cuales muestran que las primeras migraciones de los grupos chibchas, se dieron mas bien desde los confines de Centroamérica hacia el sur, indicando al sector occidental del Área Intermedia como el lugar de origen de toda esta familia, establecida en los territorios mencionados hace más de 8.000 años.

       Los chibchas de la región Gran Chiriquí y Diquís tienen su propia identidad y singularidad genética, que los distinguen de otros grupos del meridión mesoamericano y del septentrión andino. Lo que demuestra un desarrollo autóctono, prolongado por miles de años.  

            Es innegable que los amerindios del grupo lingüístico chibcha, recibieron influencias tanto del norte como del sur, pero estas se incorporaron dentro de la sociedad local adquiriendo características propias.  

            Dichas influencias fueron importantes como agentes de cambio y desarrollo, pero no son los elementos fundamentales en la comprensión de la cultura que nos ocupa.  

            Resumiendo podemos afirmar sin temor a graves equivocaciones: La zona en que fueron descubiertas las esferas de piedra, fue habitada desde hace por lo menos 8000 años.  

Cazadores y recolectores

            Los primeros grupos que ingresaron al Delta y sus alrededores, fueron nómadas (cazadores-recolectores) organizados en pequeños clanes conformados de entre10 a 30 individuos, quienes buscaban sitios adecuados para la caza y recolección de frutos silvestres.  

 Los Clanes

            Para comprender las evoluciones posteriores de estos grupos amerindios, es importante definir el concepto de clan: Palabra de origen gaélico –Celta- que significa descendencia.  

            En antropología se utiliza el término para referirse a diversos grupos indígenas. Se entiende por clan a un conjunto de personas capaces de reconocer su descendencia, con respecto a un antepasado común. Los clanes trazan su linaje por el lado de la madre o del padre pero nunca por ambos lados.  

            Algunos estudios etnográficos me sugieren la idea de que los “Dikís” trazaron sus descendencias en clanes matrilineales. De esto hablaremos más adelante.  

            Los clanes chibchas, aun en la actualidad, se identifican con un tótem o animal común; por un lugar o bien por una actividad específica.

Anoto algunos ejemplos de clanes bribrís y cabécares:

Kumbuwak, el clan de jaguar

Mójkwak: gente del búho

Sarwak: gente del mono colorado

Dimatwak: dueños del arroyo rojo

Suritsuwak: dueños del valle del venado

Yeriawak: dueños de la caza

Uniwak: dueños del cántaro de barro

Mekichawak: dueños de las jícaras  

            La pertenencia a un clan implica solidaridad social, es decir, la obligación de prestar ayuda mutua, la participación en ritos y ceremonias, así como unión en la guerra.  

            La doctora María Eugenia Bozzoli, en su insuperable libro: “El Nacimiento y la Muerte Entre los Bribrís” publicado por Editorial Universidad de Costa Rica, nos permitirá comprender a fondo la estructura de los clanes y su función dentro de la sociedad amerindia.  

  La agricultura

            Luego los clanes empezaron a combinar la caza y recolección con los primeros cultivos. La gran fertilidad de los suelos aluviales del Delta permitió el inicio de una agricultura incipiente. Los primeros intentos se dieron con algunos tubérculos y el maíz, así como el mantenimiento de palmas y árboles frutales. Estas prácticas se originaron en el conocimiento obtenido a partir de la recolección de plantas silvestres.  

            El inicio de la producción de alimentos, señala la aparición de un nuevo modo de vida. Del nómada al sedentario.  

            El péndulo vivido entre el festín y la hambruna de los cazadores-recolectores se empieza a desvanecer en el recuerdo.            

            La agricultura y la posibilidad de almacenar alimentos, propiciarán el desarrollo de los pequeños asentamientos humanos hasta formar ciudades, y que mejor lugar por su ubicación estratégica que el Delta del Diquís.  

El animal urbano

            Las rutilantes luces de toda civilización actual, emergen de la oscuridad de tan primitivos asentamientos tribales y sus posteriores desarrollos.   

            De tal manera, el animal urbano de las principales ciudades, con su vestimenta de moda; automóvil moderno; teléfono celular; súper mercados; casa con electricidad, agua potable y servicio de Internet, etc. no es humanamente distinto a los antiguos pobladores de nuestra edad de piedra.  

            Ellos actuaron movidos por las mismas necesidades que nos ocupan hoy día: Pan, abrigo, refugio. Salud, adquisiciones y amor.  

            Lo que ha cambiado en los últimos 12.000 años de agrupaciones humanas en América, es el estilo de vida. Cambio por demás espectacular.  

            Si el prodigio de una máquina del tiempo nos permitiera traer a nuestra era a un infante de la edad de piedra, veríamos que su desarrollo; físico, mental, intelectual y emocional no será distinto al de cualquiera de nuestros niños civilizados.  

Las primeras aldeas

            La agricultura como actividad principal en las productivas llanuras aluviales del Delta, y la rica pesca proporcionada por el caudaloso río Térraba y el siempre fecundo Sierpe, constituyó el origen del gran cambio, propiciando en primer lugar un aumento de la población. Este obligó al establecimiento de aldeas permanentes.

            Para sostener dichos cambios fueron necesarias las mejoras paralelas de varias tecnologías primitivas, como los utensilios cerámicos; herramientas de madera; hueso y piedra, dirigidas prioritariamente a las labores agrícolas y procesamiento de alimentos.    

  La arquitectura

            El estudio de las trazas de asentamientos humanos en el Delta, evidencian edificaciones de planta circular, estas fueron sin lugar a dudas basamentos para estructuras cónicas, de uso habitacional y ceremonial.  

            Se tiene la falsa idea que los “Dikís” no edificaron arquitectura al estilo mesoamericano ni andino, por razón de estar cultural y tecnológicamente subdesarrollados con respecto a aquellos.  

            La gran producción de esferas monumentales, su estatuaria, metalurgia, orfebrería y arquitectura, prueban su alto desarrollo tecnológico y social.  

Por otro lado, la edificación en piedra no fue de ninguna manera funcional para los habitantes prehispánicos del Delta.  

            La vivienda cónica constituye una sabia respuesta a los determinantes climáticos y condiciones geográficas de las regiones donde se encuentran. Las fuertes y constantes lluvias, humedad, calor bochornoso, vientos azotadores, y sobre todo los constantes temblores. La zona es atravesada por dos importantes fallas tectónicas, la Falla Costanera del Pacifico o Longitudinal y la llamada Falla de Sierpe.  

Estas condiciones naturales entre otras, fueron parámetros básicos para la forma y la estructura del tipo de viviendas, diseñadas a la justa medida del bosque tropical lluvioso y sus condiciones.            

            Los “Dikís” acataron las pautas de la naturaleza para perfilar sus viviendas y templos.  

            De la observación del macrocosmos se extrajo el microcosmos habitacional.  

            Los espacios habitacionales donde vivieron, no solo fueron humanizados sino que constituyeron el símbolo cotidiano de su cultura.  

            Sus prácticas de construcción reflejan las respuestas adaptativas al medio ambiente, y la expresión simbólica de la mitología plasmada en sus viviendas            

            Los modelos arquitectónicos de las moradas amerindias de la zona sur del país, se han podido reproducir gracias a la conservación de tradiciones ancestrales, por parte de grupos sobrevivientes a más de cinco siglos de colonización extranjera. Esta valerosa resistencia ha sido encabezada en Costa Rica por los grupos de origen chibcha, Bribrí-Cabecar  

Los códices del trópico

            Los sorprendentes códigos de la vivienda indígena van mucho más allá de lo utilitario, y fueron recordatorio cotidiano de su excelsa tradición cultural.  

            Los amerindios de la Zona Intermedia , no desarrollaron escritura alfabética, pero basta con entrar a un “U-suré” (vivienda cónica de basamento circular) de la mano de un chaman Bribrí, en la baja Talamanca, para reconocer en ella toda una biblioteca de conocimientos ancestrales.            

            Aquí “ La Biblioteca Circular ” imaginada por Jorge Luís Borges, palidecería al notar que la amplia gama de conocimientos cifrados en cada detalle de la estructura física del aposento, se desdoblan dimensionalmente por debajo de la base circular para formar un mágico cono invertido, donde todo el simbolismo adquirirá otra dimensión, reduplicándose en sus significados.            

            Tan sofisticada codificación para quienes no pueden concebir a nuestros aborígenes como seres inteligentes, habrá de atribuírsele a los alquimistas medievales, el hermetismo egipcio, la cábala hebraica, al mismo Merlín, o a los dioses tecnotrónicos del espacio sideral.  

            Lo cierto es que dentro de una cultura de visión animista, donde todos los seres de la naturaleza y el universo poseen vida propia, tales concepciones son más que posibles y nuestros amerindios las desarrollaron de manera sorprendente.  

            En el interior de estas aparentemente simples estructuras arquitectónicas, denominadas “ranchos”, cada objeto físico: postes, horcones, aros, coronas, amarras, palmas, etc. Sin excluir las tres piedras del fogón central. Toda abertura dentro de la construcción, las distancias entre piso y cúspide, poste y poste, la disposición de espacios masculinos, femeninos y transicionales, amén de un sin numero de elementos más, forman parte de un alucinante código ancestral. Los materiales mismos utilizados en la edificación contienen representaciones culturales que la tradición oral mantiene vivas.  

            La sabiduría encerrada en el interior de la funcional arquitectura aborigen, abarca desde la compleja cosmovisión amerindia hasta las normas de conducta urbana más elementales.  

            Sus viviendas tienen un simbolismo uterino y protector, dentro de las cuales se preserva la tradición y la semilla. La casa es el matrimonio universal de lo femenino y lo masculino, de lo celeste y lo subterráneo, lo cultural y lo natural, lo claro y oscuro, el sol y la luna, nacimiento y muerte, afuera y adentro, arriba y abajo. La casa es la conciliación de los opuestos.  

            Los “Dikís” poseían una concepción mágico-realista del universo. Sus símbolos se asocian a una serie de ideas cosmogónicas desde donde se integraron armoniosamente las leyes sociales con las naturales, que rigieron tanto en la sociedad como en el entorno ambiental circundante.  

            El apasionante tema de la arquitectura amerindia y su simbología, se sale de la jurisdicción de este libro. Para quienes deseen sorprenderse con ellas les recomiendo leer el revelador trabajo del arquitecto Alfredo González Chávez y el antropólogo Fernando González Vásquez, autores de “ La Casa Cósmica de Talamanca” y “Poblados Amerindios de Costa Rica” editados por la Editorial de la Universidad de Costa Rica.            

La tribu

            El conjunto de clanes que comparten costumbres, lengua, cultura y territorio, conforman las tribus.

            La primera organización social de los amerindios del Diquís fue del tipo tribal. Las tribus se caracterizan por relaciones familiares o de parentesco, igualitarias entre los individuos de los diversos clanes, donde la propiedad de los bienes es colectiva.

              El crecimiento de la población junto al de las aldeas dio inicio al paso de una marcada diferencia social, en la cual la sociedad tribal iniciará una transición hacia la de tipo jerárquica o cacical.  

            Se dice que el concepto de la esfera nace en ese periodo, mismo en el cual se consolidó el maíz como cultivo principal, desarrollándose además la siembra de otras semillas, tubérculos y árboles.

Los recursos hidrográficos y costeros fueron explotados, garantizando variedad alimenticia. La cacería fue abundante por siglos, gracias a la gran variedad de fauna dispensada por la espesa jungla tropical que envolvió al Delta.  

            La cultura de los “Dikís” crecía sana y bien alimentada. Por el mismo camino iban sus manifestaciones políticas, religiosas y artísticas.            

Reyes, caciques y sacerdotes.

            La estructura tribal se hizo insuficiente para sostener el progreso, dando espacio a una organización de tipo cacical.  

            El excedente generado a partir de prácticas agrícolas permitió a un grupo selecto de individuos, librarse de algunas de sus tareas como productores y asumir principalmente funciones de naturaleza política o religiosa, estableciéndose de forma paulatina una jerarquización de la sociedad, hasta alcanzar cacicazgos complejos (300-800 d.C.)  

            De tal manera surgieron de entre las aldeas, líderes político-religiosos, comandados por la presencia de un cacique, jefe o señor quien ostentaba el poder de las comunidades indígenas. Su jerarquía solía ser hereditaria, investida por una nobleza de sangre (los parientes de su clan) La primordial función de este señor principal, fue la de actuar como recaudador de tributos y redistribuidor de bienes. Por regla general, este alto personaje tuvo el rango de rey, sacerdote y guerrero.  

            Las esferas de piedra aparecen en el Delta del Diquís, con el inicio de esta sociedad cacical y bajo los auspicios de sacerdotes y reyes.  

Las fronteras del reino   

            Sin embargo, muchas comunidades indígenas del pasado, prefirieron permanecer en su antiguo nivel de tribu, alejándose de los límites territoriales – cada vez más amplios- establecidos por los nuevos centros de poder, quienes abarcaban mayores zonas de cultivo, caza y pesca, así como el control de toda fuente de materia prima para su progreso.  

           Los “Dikís” emplazaron grandes esferas de piedra para denunciar sus territorios. La presencia de monumentos esféricos en pequeñas aldeas, alejadas del centro de poder (mega sitio Palmar-Sierpe) pudieron indicar entre otras cosas que las tribus, poseedores de esferas, aunque alejadas geográficamente de la capital, formaban parte del gran cacicazgo y por tanto se hallaban protegidas por él. En este sentido sirvieron como símbolos inconfundibles de identidad.  

            Las relaciones de subordinación entre aldeas, fortificaron el poder del rey de los “Dikís” quien gobernó desde el centro de poder, delegando en caciques secundarios la administración de las aldeas subordinadas.  

            Los territorios del reino fueron protegidos por letales guerreros, quienes a su vez vigilaron las rutas de intercambio de productos a nivel local, regional y hasta extra regional. Esto garantizó el crecimiento económico, político y religioso del país de las esferas.

            Crecimiento dado por una sociedad trabajadora y bien organizada quien se vio, por siglos, rodeada de seguridad ciudadana, prosperidad material, certidumbre política y confianza en sus guías religiosos, entre otros factores básicos de desarrollo.

            El impresionante legado cultural de este pueblo “Los Dikís” rescatado por la arqueología da prueba de ello.  

            Basado en diversos estudios de estructura de poder entre los amerindios del grupo chibcha en Costa Rica, elaboré el siguiente diagrama de estratificación social.  

VER DIAGRAMA

            En él podemos observar un complejo sistema cultural que va desde el pueblo a la divinidad. Los tonos claros y oscuros de los círculos, representan la participación masculina (oscura) y femenina (clara) en las diversas actividades sociales. Un círculo oscuro indica una actividad eminentemente masculina y viceversa. Las actividades peligrosas o contaminantes fueron reservadas, por norma general a los varones.  

            La mayoría de los grupos chibchas, concibieron la divinidad de forma dual.  

            En la etnia Bribrí-Cabecar, por ejemplo Sibö, el gran civilizador reina desde el cenit de los cielos, en tanto Surá, su contraparte, lo hace desde el nadir, en el interior de la tierra. Cuando el indio muere su espíritu viajará hasta el centro de la esfera terrestre, pues allí ubican su paraíso.  

            El gran cacique esta representado por un triangulo, simbolizando su triple potestad de sacerdote, rey y guerrero. El semicírculo que corona al triangulo, señala su procedencia divina y su facultad de mediar entre Dios y los hombres.  

            La columna central del diagrama, representa a toda la fuerza laboral de la nación. A la derecha las potencias religiosas o chamánicas, a la izquierda las políticas o cacicales.  

            Es imposible meter dentro de un dibujito, toda una compleja organización social, mas el ejemplo puede servirnos para tener una idea gráfica del asunto.  

Matriarcado

             Desde remotas etapas en la evolución humana, los hombres y las mujeres establecieron relaciones equilibrantes para lograr la sobre-vivencia de nuestra especie.  

            De tal manera los varones abandonaban por largas jornadas las aldeas en busca de sus presas animales. Por su lado, ellas permanecían cerca de los asentamientos tribales, recolectando alimentos vegetales y vigilando el crecimiento de los infantes.  

            Su necesaria permanencia en las improvisadas aldeas las convirtió en el corazón de la vida social.  

            En tanto los hombres desarrollaban el músculo y las cualidades atléticas necesarias para cumplir con su peligroso trabajo y regresar ilesos a los hogares. Ellas se convirtieron en expertas organizadoras sociales. Gestionando de manera eficiente todos los asuntos de control y administración del asentamiento tribal, así como los detalles de la vida comunitaria.  

            El primitivo y natural gobierno femenino no pareció molestar a los varones, hasta que el advenimiento y desarrollo de la agricultura –descubierta por las mujeres- y la posterior domesticación de animales los obligó a convivir más tiempo juntos.  

            Empezaron aquí las primeras batallas de una interminable guerra de sexos que nos ocupa hasta nuestros días.  

            Allí donde los hombres consiguieron usurpar el primigenio gobierno femenino, se impuso el sistema político patriarcal.  

            Allá donde las mujeres lograron sostener su ancestral control, dominó el sistema matriarcal o ginecocrático.  

            El estudio de los grupos de raíz chibcha, asentados por milenios en la zona sur de Costa Rica, ha demostrado la predilección de estos pueblos por el sistema de gobierno matriarcal.  

            Me atrevo a deducir: Los “Dikís” vivieron y se desarrollaron bajo un eficiente matriarcado. Con sus consecuentes residencias matrilocales, esto es: la pareja se asentará en los territorios del clan materno. Las descendencias serán naturalmente matrilineales, en las cuales el linaje se organiza siguiendo sólo la línea femenina y todos los hijos pertenecen al clan de la madre.  

            Cuando escribo estas líneas no puedo evitar el reverbero en mi memoria de las palabras de la abuela materna quien más de una vez sentenció: “Los retoños de mis hijas, mis nietos son, sin más. La progenie de mis hijos varones, por intermedio de la gracia de la fe… también son mis nietos”  

            Hemos heredado de nuestros conquistadores un disfuncional y arbitrario patriarcado, pero esto no ha sido obstáculo para que desde el eje de la sociedad (la familia) nos continúen gobernando las mujeres.  

            Las inusuales esculturas esféricas de los “Dikís” evocan en nuestro inconciente colectivo el arquetipo de la redonda preñez de las hembras, sus parabólicas y sensuales curvas, la siempre femenina luna, la innegable maternidad de la esfera terrestre y el fecundo glóbulo del gameto materno.            

            No podemos aseverar, de ninguna manera, que estas fueron las motivaciones inspirantes de los artífices de las esferas, pero apuesto que la concepción esférica nació en el seno de una eficaz sociedad matriarcal.  

Por otro lado, cimentados en la evidencia arqueológica, se puede afirmar: Las esferas de piedra fueron construidas por una nación amerindia, instalada desde tiempos inmemoriales en el Delta del Diquís y sus regiones aledañas, donde desarrollaron su enigmática cultura.

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 © Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica ® Siböwak

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