Principal  / Esferas de piedra / Donaciones/ Galería de esferas / Reportajes / Videos/ Rincón literario/ Links

VER CONTENIDO

LA CARNE DE DIOS

 

Por: Alberto Sibaja Álvarez

3:45 a.m

20 de febrero. Sentado en el solar de mi casa, en San José, leo el Sidharta de Hesse, en tanto espero la llegada de mi amigo Venancio, dramaturgo de oficio, quien decidió guiarme en un viaje que dejé pendiente hace años. Nacho, como le llaman sus amigos, ha dedicado su vida a las tablas, hoy a sus sesenta y dos años, conserva el garbo y la flexibilidad de sus treinta. Delgado, alto, elegante, en su rostro la corta y cuidada barba blanca contrasta con el negro profundo de sus tupidas cejas. Este viejo aventurero ha cruzado, no pocas veces los umbrales de la percepción, donde se pueden contemplar realidades aparatadas de nuestro uso habitual de los sentidos y la conciencia. Nos conocimos en un taller de meditación Taoísta, dirigido por él mismo. Desde entonces nuestras conversaciones y prácticas se extendieron por horas.

En cierta ocasión platicábamos acerca de los escritos de Carlos Castaneda y nuestras propias experiencias con plantas sagradas y psicotrópicos. El peyote de los huicholes, el yopo del Orinoco, la ayahuasca de los amazonios, la amanita muscaria de los celtas, la marihuana de los hindúes, el opio de los chinos, el LSD de los hippies, la morfina de los hospitales, las anfetaminas de las discotecas...

Nos llamó la atención que en un 75% ambos habíamos experimentado con los mismos psicotrópicos y que en casi todos los casos lo habíamos hecho por una única vez.

-¿Y qué me dices muchacho del Teonanacatl?... ¡La Carne de Dios!- me inquirió con forzado tono de misterio, en tanto me lanzaba a la cara sus ojos desorbitados.

-No,- dije manoteando para quitarme su filosa nariz de encima- a Dios solo lo he saboreado con blasfemias de Nietzsche.

-¡Ja, ja, ja!, quizá no hayas tragado “la carne de Dios” pero te aseguro muchacho que la conoces.- dijo abandonando su teatralidad.

-Ni idea de lo que me habla- aseguré.

-Te daré una pista: Su uso ceremonial en épocas precolombinas se extendió desde Yucatán hasta la Patagonia…

-¡Fácil!- exclamé acallando tan evidente pista- el floripondio, (Brugamsia) jamás probaré una gota de la deletérea “Reina de la Noche” eso se lo dejo a los chamanes expertos y a los idiotas perpetuos. Nada de escopolamina en mi cerebro- enfaticé.

-¡Caramba! Cuanto odio para con una planta sagrada- respondió Venancio, frunciendo el ceño y seriamente contrariado.

-¿Odio?... ¡No!  Amo a ese arbusto y al aroma de sus grandes flores, de hecho tengo un seto de ellos en frente de mi casa, pero cuando florean y su perfume empieza a inundar mi casa, los sátrapas del barrio me roban las campanas de su incienso. Luego llegan los padres de esos incautos muchachos a exigirme talar mi seto, porque a sus estúpidos engendros se les está lavando el estomago en un hospital… No pocas veces he tenido que salir de madrugada a defender mis borracheros de algún machete vengador, porque…

-Está bien, Alberto, está bien, ya entendí. -acotó para calmar la euforia creciente de mi discurso- Pero “la carne de Dios” no tiene una molécula de escopolamina. Sus venas están pletóricas de Psilocibina.- dijo cerrando sus puños contra el mentón, en tanto leía el asombro de mi rostro.

¡Santa María Sabina!- exclamé sorprendido- No he tenido el honor de entrar al reino de los hongos alucinógenos, porque no he encontrado a ningún guía que me oriente en tan delicado viaje… Lo paradójico es que en nuestro país crecen por doquier, y…- Venancio volvió a interrumpirme.

-¿Guías? Háblame de tus guías.- dijo arqueando exageradamente su negra ceja izquierda.

-¡Cabrón!… No me cambie el tema, ahora que por fin lléganos a él.- Le dije burlándome de su cara de mimo.

-No, en serio, me interesa el asunto de tus guías.-  Venancio abandonó sus posturas pomposas, y vi franqueza en su mirada marrón… pero ¿cómo detectar sinceridad en un discípulo de Chejov?

-¡Soy un investigador! Y no un drogadicto suicida, sin la guía adecuada, las plantas sagradas nos pueden encerrar en un infierno de percepciones caóticas y sin sentido. –le dije con convicción y agregué- Hasta el momento, en cada caso he tenido la fortuna de encontrar el tutor apropiado: En la Amazonía colombiana un chaman (taita) me empujó al vuelo de la ayahuasca. En San Luis Potosí, México, un grupo de tejedoras huicholes me montaron en los lomos del Peyote. En Nueva York un psiquiatra argentino, monitoreó mi viaje con el LSD. En un hospital de San José, una enfermera amiga, inyectó y vigiló mi rosado encuentro con la morfina. En Heredia un comuna de hippies, me leyeron “El señor de los Anillos” mientras me envolvían en el aromático humo de la mariguana. Entre el bullicio de una discoteca en California, mi compañera de baile puso un par de anfetaminas en mi boca, pensé que eran píldoras “tic tac” para el aliento, pero no tuve mal viaje. Contrario me pasó con el opio, pues cometí la imprudencia de fumarlo solo, frente a la aterradora inmensidad del Océano Pacífico… Le relaté, cada detalle de esas experiencias, la manera en que fueron alteradas mis percepciones y conciencia. Luego de escucharme sin interrupciones, me dijo:

-Yo puedo ser tu guía en el viaje de los hongos, tengo el conocimiento y la experiencia necesaria.  

-¿Y qué me propone?- pregunté con gran escepticismo.

-En cuatro días habrá luna llena- dijo mirando su agenda- no es que la luna afecte la absorción de la psilocibina, pero viajaremos de noche, desde San José hasta la costa Caribe, a Puerto Viejo de Limón. La luz de la Luna, el paisaje y cambio de clima te facilitarán un buen viaje. Un día antes- continuó, marcando su agenda- el 20 de febrero, iremos a las montañas de Heredia a cosechar los hongos, debemos recogerlos antes de la salida del Sol, cuando inicie la aurora. Los hongos se abren con el Sol y con ello la psilocibina pierde potencia. Por eso hay que recolectarlos rápido y guardarlos en una bolsa de tela negra, para protegerlos de la radiación, luego los guardas en tu nevera.

El día 21 de febrero, pasare por ti a la 1 a.m. pero deberás ingerir el primer hongo una hora antes. Luego uno cada sesenta minutos, hasta la salida del Sol. De la una a las cuatro de la madrugada, tu sistema inmunológico estará en la curva más baja, la psilocibina penetrará tu organismo sin tropiezos, luego de la salida del Sol, la curva inmunológica inicia su ascenso y no vale la pena tragar más “la carne de Dios”… ¡Por cierto, nunca he ido a tu casa! Dame tu dirección- concluyó con su agenda y bolígrafo listos.

Le indiqué la dirección de mi casa, convencido ahora, de que Venancio sería un excelente guía.

-He visto- le dije- en varias ocasiones, allá en las montañas de Heredia y a la luz del día, grupos de jóvenes tomando vino y comiendo hongos aderezados con leche condensada. Pero usted afirma que el Sol destruye la psilocibina…

-No, no dije que la destruyera, dije que pierde mucho su potencia, por tanto quienes consumen hongos de día, se ven obligados a ingerir grandes cantidades, los hongos no son de fácil digestión, al final, esos palurdos, terminarán indigestos y con un mal viaje.

-¿Quién le enseñó la ciencia de los hongos alucinógenos? –pregunté.

-Mi hermano mayor- respondió- Hace varios años él viajó al poblado mejicano de Hautla, donde fue instruido en la magia de los hongos por una curandera de la etnia mazateca…

-¿Su hermano es chaman?- interrumpí en tono de burla.

-No, médico neurólogo- afirmó –a él nunca le interesó el misticismo y ceremonial indígena, solo analizaba la bioquímica del cerebro, y eso fue su ruina…- Agregó con evidente nostalgia.

-Pues tiene que llevarme a hablar con él- le dije emocionado.

-Necesitaríamos los servicios de un espiritista- dijo sonriendo- murió hace un par de años.

-Lo siento- dije en vos baja.

-Yo también- respondió sin tristeza– terminó chiflado de tantas drogas que se metía. Él también decía de sí mismo que era un investigador y no un drogadicto- añadió riéndose en tanto me señalaba con sus dos dedos índice, en gesto de advertencia.

4:00 a.m

Luego de un rato nos despedimos y tres días después a las cuatro de la madrugada, Venancio aparcaba su auto en frente de mi casa. Cerré el Sidharta, me levanté de mi silla mecedora, agarré mi mochila y nos encaminamos a las montañas de Heredia para cosechar los hongos.

En el trayecto mi tutor hablaba de la percepción animista que tienen los amerindios sobre las plantas sagradas.

-Los hongos son como niños- me decía- pequeños, frágiles y muy traviesos, pero que su apariencia no te engañe, pues también son peligrosos y muy poderosos. Debes cosecharlos de prisa, pero con respeto y sin violencia. Piensa, que estas metiendo niños vivos en la bolsa… 

Subimos la montaña por un sinuoso y angosto camino de lastre, que terminó frente al gran portón de madera de una lechería. Bajamos del automóvil, eran casi las cinco de la madrugada, la noche estaba fría, una densa bruma lo cubría todo. La Luna, casi llena, le daba un matiz blanco iridiscente a la niebla. Venancio me entregó un pequeño saco de tela negra y agitando el suyo susurró en mi oído:

-¡Vamos, vamos, vamos, no tenemos mucho tiempo! –Luego, con la agilidad de un geko, escaló el alto portón y saltó hacia la propiedad privada de la lechería.

Lo seguí de inmediato sintiéndome como un chiquillo que está a punto de hacer una fechoría. Luego, lo vi correr y virar bruscamente hacia la izquierda, lo perdí entre la neblina. Intentaba alcanzarlo cuando advirtió:

-¡Cuidado con la cerca de púas!

Justo a tiempo me tiré de panza y pasé la cerca con mi camisa rasgada. Estábamos en un potrero de pasto, pero no había reses pastando, solo heces añejas de vaca. La bruma empezó a disiparse como por arte de magia, limpié mis lentes de la humedad y empecé a escudriñar el suelo en busca de los hongos. 

-¡Aquí!- Gritó Venancio y corrí hacia él. Frotaba sus manos y las orientaba hacia la tierra, como si fueran radares.

-No sea payaso- le dije burlándome de su maniobra. No me escuchó, mantenía sus ojos cerrados y fruncido el entrecejo.

La aurora iniciaba su corta transición.

-¡Allí!- dijo con urgencia sin abrir los ojos y señaló una gran mierda de vaca. –Agáchate y observa, ya vienen. No dejes que se abran, déjalos crecer unos siete  u ocho centímetros y los arrancas desde la base del tallo. ¡Pero solo los que tienen un anillo morado cerca de la sombrilla!… Luego busca y desarraiga los que encuentres a tu derecha, yo recolectaré a la izquierda. Obedecí, pero me sentía estúpido, mirando hacia la copiosa boñiga de vaca- ¡Este cabrón de Nacho!- pensé- seguro se fumó algo y está delirando- Pero mis pensamientos se congelaron cuando vi emerger de la añeja bosta unos tallos blancos que se elevaban con apremio hacia el cielo. En la punta, sus sombrillas de gris pálido se abrían conforme el talluelo subía.  No podía dar crédito a mis ojos, mi mente buscaba alguna explicación. Recordé que Venancio me dio a beber agua en el camino.- ¡Este infeliz puso algo en el agua! –concluí.

-¡Deja de contemplarlos y remuévelos de una vez!-  resonó su voz en mi oído izquierdo.

Como si aquello fuera una ridícula competencia irlandesa, recolectamos con arrebato,  decenas de pequeños, anillados y blanquecinos hongos. El silbato arbitral de ¡se acabó! fue soplado por el disco brillante del Sol. Me eché agotado en el húmedo pasto y admiraba como los hongos, que crecían en las bostas, desplegaban sus sombrillas y estas empezaban a cambiar de color, cuando la majadera y siempre urgente vos de Venancio volvió a molestarme.

-¡Vamos Alberto, no podemos perder tiempo, hay que ponerlos lo más pronto posible en refrigeración!

A regañadientes subí al auto, deseaba disfrutar más del paisaje rural, leer bajo la sombra de algún árbol mi libro, mantenerme alejado por unas horas más del bullicio de la ciudad, pero debía respetar mi convenio con el mentor. Él guiaba yo lo seguía. Pusimos en el asiento trasero las negras bolsas y mi amigo activó el aire acondicionado del coche a su máxima potencia. Odio el frío artificial. La bolsa de cosecha de Nacho, estaba casi llena, la mía menos de la mitad, pero mi tutor no profirió ningún reclamo al respecto.

-¿Qué tenía el agua que me dio a beber?- Pregunté con seriedad.

-H2O y con suerte algunas bacterias coliformes, -dijo riéndose, luego me miró preocupado y agregó- llené la botella del glifo antes de salir… ¿sentiste algún sabor extraño en el agua?

-Ningún sabor especial, pero creo que usted puso alguna droga en el agua.- respondí mirándolo con sospecha.- Vi esos hongos crecer a una velocidad extravagante… ¿Qué carajo le puso al agua?- pregunté realmente indignado.

-No sea paranoico Alberto, nada puse en el agua… lo que viste no es anormal, revisa tus manuales de botánica.- Aseguró, en tanto hundía el pie en el acelerador de forma temeraria.

En pocos minutos ya estábamos de regreso. En la mesa de mi cocina, Venancio, vació deprisa pero con delicadeza, el contenido de mi bolsa y con gran cuidado escogió siete hongos, devolvió el resto a la bolsa.

-¡Tienes toallas de papel o servilletas!- Me dijo con ese maldito tono de urgencia.- le pasé las toallas, él envolvió independientemente, cada uno de los siete hongos.- Guárdalos en el refrigerador, pero no los congeles.- dijo imperioso, tomando la bolsa y saliendo deprisa de mi casa. En tanto se dirigía hacia la puerta de salida, me dijo:

-Activa tu cronometro, exactamente a media noche ingiere el primero, yo llegaré aquí minutos antes de la una de la madrugada y nos dirigiremos a la costa del Caribe Sur.

-¡Espere!- le dije sosteniendo la puerta de su auto- ¿Si solo ocupo siete hongos, porqué recogimos tantos?

-Son para un amigo químico, en su laboratorio él les extrae la psilocibina.- Y sin más explicación, las llantas de su auto chillaron. Lo vi pilotear por la carretera con apremio.

7:30 a.m

Aun era temprano, demasiado temprano para mí, las siete treinta de la mañana, deambulaba por mi casa como duende enfermo. Recordé entonces el hongo extra, que le escamotee a Nacho, cuando los vertió sobre la mesa. Lo había ocultado al pie de la fuente de frutas, fui a buscarlo, lo puse sobre mis palmas y dije: -¡Prepárate Dios, porque te daré un mordisco! Pero recordé lo del Sol y envolviéndolo en una servilleta de papel, los guarde junto a los otros en el refrigerador, en tanto me decía: -Esperaré a que Dios cierre su ojo solar y le morderé un talón.

Me encerré en mi taller de escultura, tapé mis oídos con los audífonos, dejé que Mozart me ensordeciera en tanto le arrancaba a una piedra, la cara de un chaman aborigen. Terminé mi trabajo, pero el ojo de Dios aun me vigilaba. Me duché y preparé algo de comer, luego me recosté en mi sillón, terminé de leer el Sidharta, y me quedé dormido. Cuando vi el reloj de la pared, las agujas marcaban las diez de la noche.

-Le daré una probadita anticipada a la carne de Dios- me levanté y de súbito le mordí un talón.- ¡Quién lo diría!- me dije en voz alta, mientras masticaba, saboreaba y tragaba el hongo- ¡Dios sabe y huele a tierra mojada!

10:05 p.m

Me encaminé a aquel pequeño rincón que dispuse para mis adiestramientos en la meditación. Encendí las velas y el incienso, luego me senté en el piso sobre una imitación de alfombra persa, con las piernas cruzadas y la cara al oriente. Antes de cerrar los ojos e iniciar los ejercicios, observé una estatuilla tailandesa de bronce con la imagen de Buda, que reposa en mi biblioteca. Recordé a Sidharta y empecé a ritmar la respiración, en tanto vaciaba mi mente. En algún momento, imposible de precisar, me veo dentro de una ciclópea bóveda, en el centro descansa, gigantesca, descomunal, monstruosa, la imagen metálica del Buda. La dimensión del espacio es espeluznante, yo me percibo como una insignificante mosca levitando dentro de una catedral gótica. El dedo meñique del pie izquierdo de aquel Buda, tiene el tamaño de un edificio de cuatro pisos. La altura de la estatua, simplemente no cabe en mi entendimiento. Todo el bronce está gravado en bajo relieve por intricados diseños: volutas, espirales, torbellinos, arabescos, jeroglifos de imposible interpretación.

De pronto empiezo a ser atraído hacia el cenit de la cúpula. Al sentir esa fuerza de ascenso, ajena a mi voluntad, soy poseído por el pánico. Cerré los ojos y me concentré en la respiración. Entonces noto dos cosas: no hay diferencia entre abrir o cerrar los ojos, de igual forma miro lo mismo. Luego, al inhalar asciendo con gran rapidez, al exhalar quedo suspendido. El temor de lo que me espera en aquella insondable cumbre, me obliga a retener el aliento, pero entre más lo retengo, más fuerte es la inhalación y por tanto más vertiginosa la subida. Comprendiendo lo inevitable del ascenso, me obligo a pausar el ritmo de mi aliento. Floto y asciendo muy cerca del pulido latón de la imagen, entonces intento asirme a alguna saliente. Aquí noto un detalle más; el bronce no tiene la textura rígida y fría del metal, es más bien como la cálida piel de un recién nacido. Si la aferro con fuerza, ésta se estira hasta el resbalar de mis dedos.

No sé cuantos eones de tiempo duró el asenso, pero de siglo en siglo, reconocí partes de la estatua del Buda: una rodilla, luego una mano, el ombligo, una tetilla… hasta que me vi frente a sus ojos. Aquí terminó el forzado ascenso, ahora podía desplazarme a voluntad. El techo de la bóveda esta cerca y quedo maravillado por el color y diseño de sus murales. Puedo alejarme lo suficiente en ese inmenso espacio como para admirar, casi completa, la imagen de la estatua, o acercarme y explorar las cavernas de sus oídos. Floto a unos metros de su nariz y agradezco que sus ojos estén cerrados. Mi cuerpo se estremece ante la idea de que pudiera abrirlos en cualquier momento. De pronto un destello verde, rítmico e insistente pulsa desde su entrecejo. Me acerco y veo una preciosa esmeralda del tamaño de una puerta. Lo comprendo de inmediato y la atravieso. El pitillo obstinado y pulsante de mi cronometro grita la media noche…  ¡Hora de darle otro mordisco a Dios!

12:01 Media Noche

21 de febrero. Luego de ingerir mi segunda dosis (que debía haber sido la primera) espero a Venancio, de pie en el solar de mi casa. No quiero volver a sentarme en la mecedora, su vaivén intenta raptarme a quien sabe qué mundo.  La noche está despejada, completa y brillante la Luna… ¡Santo Dios, la Luna, la Luna! Lejana, inmensa, fría, polvorienta, solitaria y rotunda.

Me percato de que el satélite terrestre es una esfera, la veo como una esfera, la siento en su redondez. -¿De qué te extrañas?- me pregunto a mi mismo- siempre he sabido que la Luna es una esfera.- ¡Se que la Luna es una esfera!, eso me lo enseñaron en la escuela- pero mis ojos siempre han visto un disco, plano y bidimensional. Hoy y nunca antes que hoy, la Luna es una cenicienta bola luminosa. Mis ojos se clavan peligrosamente en la esfera… un terror místico empieza a invadirme…

1:00 a.m

-¡Alberto, Alberto, Alberto!- gritaba Venancio sacudiéndome por los hombros- eres un maldito goloso… ¿Cuántos has comido… cuantos?

-Dos, -le señalé con mis dedos, sin dejar de contemplar a la grandiosa esfera lunar.

-¿Juntos?

-No,- le dije sin mirarlo pero con alegría- uno como a las diez y otro a media noche.

-No hay problema- afirmó examinando mis pupilas, y acto seguido puso en mi boca la tercera dosis.

-Venancio –le dije con fingida seriedad –no me obligue a ver los hongos como niños, porque me siento como el tenebroso dios Cronos tragándose a sus hijos.

-¡Déjate de tonterías! –me regañó. -Pero escúchame y escucha con atención, de aquí en adelante no te entregues a lo que veas, déjalo pasar, que no se estanque el fluir de la conciencia, además entiende: Cualquier cosa que veas, es una percepción, digamos, alterada de lo que están captado tus globos oculares, no analices las imágenes, siéntelas y déjalas pasar. ¿Entendido?

-Sí, lo entiendo tan bien y tan claro como a esa Luna- le dije con mi nueva mirada que escrutaba, palmo a palmo, el Valle de Planck, a 384.400 kilómetros de la niña de mis ojos- Venancio me bajó la vista a tierra tirando de mi cabello, mientras en gesto de desaprobación, negaba con la cabeza. Abrió la puerta de su coche y me sentó en el asiento del copiloto, con tal expresión corporal que me evocó a un policía en plena captura… pero mi botín no podía ser decomisado.

– ¡Quédate quieto y no mires más que a tus rodillas!- gritó- No le hice caso, la desobediencia se ha anquilosado en mí, como un estilo de vida. Lo veo entrar deprisa a mi casa, ¡y una fracción de microsegundo después! está de regreso con mi mochila al hombro, los hongos de mi dosis y un pedazo de pan añejo en su boca. Ya en el auto y con las manos en el volante, lo escucho balbucear algo, giro mi cabeza para verlo y suelto una carcajada al ver sus mejillas infladas por el tarugo de pan que intenta masticar mientras repetía- ¿Lyishttou? (¿Listo? Interpreté) Me ajuste el cinturón de seguridad y con el gesto del capitán Kirk de StarTrek, cuando da la orden de zarpar, ordeno: ¡Adelante!- Venancio mira su reloj de muñeca, calibra el cronometro y pone mis “niños” dentro de una pequeña hielera roja. Luego navega; suave; despacio y prudente.

Miro por la ventana con el mismo estado corporal y psicológico de cuando me elevé por primera vez a los cielos, en las alas de un avión de Lacsa.

Tragando su último bocado de pan, comentó: -Cené tarde en un restaurante japonés, y mis tripas aun pelean contra ese pescado crudo. Cuando me siento indigesto, como pan y eso siempre me alivia. –No digo nada, su comentario me parece intrascendente.

2:00 a.m

La noche, invadida por un resplandor gitano, levanta sus púdicas faldas y empiezo a mirar hacia su intimidad, en tanto mastico mi cuarta dosis. El esférico espejo lunar, refracta sobre la tierra, su luz azulada y hechicera, dotando de vida toda cosa y toda sombra de cosa. El ánima del mundo despierta y se dejaba ver. El verde de abajo, exhala lento su celeste aliento, el purpura de arriba lo inhala con ansia, creando remolinos de colores en el meso-espacio. Las palabras y las letras, no pueden comunicar la vivencia dentro de un mundo vivificado, que está más allá del estático artificio de las palabras y las letras. Pero me comprometí a escribir esta bitácora, que sin duda será una caricatura mal dibujada, como sin alcance suelen ser las descripciones de un viaje al interior de la conciencia.

A ambos lados del camino, los árboles saludan sonrientes y con largas venias. Mamíferos de una extraña fauna nos miran con sospecha y se refugian abrazándose al los pliegues de las grandes enaguas de los arboles. Una montaña atraviesa su pesado y amorfo cuerpo en medio de la carretera,  abre sus anaranjadas fauces para tragarnos con todo y camino. Me agarro con fuerza del asiento y cierro los ojos.

-Es el túnel Zurquí-  aclaró Nacho con voz tranquilizadora- ¡ja,ja,ja, no imagino como lo estás percibiendo ahora!- lo miré para describirle mi visión, pero cortando mi primer vocablo dijo: -¡Nada de palabras, nada de análisis! Ya tendremos tiempo para eso, ahora explora tus nuevos sentidos. –acato sin protesta, pero su cara me alarma, está pálida verdosa, sus ojos cansados y brillosos se hunden en sus cuencas, aparto de golpe la vista cuando empieza a transformarse en un repúgnate molusco de profundidades oceánicas. Salimos como flatulencia encapsulada, por el culo de la monstruosa mole, vi cuando la atravesábamos, su lengua, dientes, costillares y el ensordecedor ruido de sus luminosas entrañas…

3:00 a.m

Venancio detuvo el auto en el espaldón de la carretera y se bajó apresurado sosteniéndose el estómago, yo ingiero mi quinta dosis en tanto él vomita kilos de pescado crudo, baboso, fosforero, vivo y aleteante. En señas y angustiado me pide abrir el cristal de mi ventanilla.

-¿Puedes pilotear el auto?- me pregunta con la seriedad de un anciano agonizante.

-¡Por supuesto!- respondo sin aprehensión alguna. Abro de inmediato la portezuela del vehículo, lo acomodo en el asiento del copiloto y tomo el volante.

-¡Disculpa Alberto!, no imaginé esto… ¡Maldito sushi!- reniega Nacho, entre sudores y retorcijones. Acelero suavemente el auto sacándolo del espaldón y vuelvo a la carretera- ¡No hagas caso de lo que veas! -Me advierte entre una contorsión intestinal- vigila la aguja del velocímetro, que no pase de 60 kilómetros por hora, mantén tu derecha… y por favor no te mates conmigo- dijo y se enroscó en la más perfecta posición fetal, que he visto en ultrasonido alguno.

Manejo automóviles desde la adolescencia, mi cuerpo no requiere del intelecto en tal maniobra. -¡Argumento de borrachos! -me grita la mente. No le presto atención. Miro instintivamente por el espejo retrovisor. Cuatro robustos jaguares me siguen, quito el pie del acelerador para definirlos, veo sus manchas danzando al ritmo de una carretera serpenteante, escucho sus jadeos y gruñir de caza. Acelero hasta perderlos en la noche del asfalto. Echo un vistazo, las agujas del velocímetro marcan 110 kilómetros por hora. Venancio duerme entre sudores y convulsiones. Algún tragado y digerido “niño” travieso, me obliga a hundir hasta el fondo el pedal del acelerador… el cacharro no da más. El vértigo de ese avance horizontal, desdibuja las ánimas de la noche, convirtiéndolas en líneas inflamadas que parpadean vanidosas a la izquierda y derecha del rabillo de mis ojos. Burlo y me burlo de los espíritus luminosos del mundo. ¡De pronto unas carcajadas lejanas! Retiro mi pie del pedal… ¿De dónde vienen? Me pregunto escrutando la llanura ante mis ojos. Veo una casa lejana, lejanísima. Las risas vienen de allí. Escucho con intención, es una pareja de amantes, a tres, o más kilómetros de mis oídos, en preludio amoroso, siento mis orejas en su tálamo nupcial, y no quiero saber más. Mis ojos regresan al velocímetro del auto. 35 kph, con gentileza vuelvo a  hundir mi pie en el pedal. Luego veo una maravillosa luz multicolor en espiral absorbente, me entrego a ella, me dirijo a ella, para ser tragado de una vez y por todas… -¡Maldito desgraciado!-  resuena en la abierta ventanilla izquierda del vehículo que piloteo, en tanto reconozco a un motociclista, (a quien invadí su carril), intentar recuperar el control de su biciclo entre el matorral.  No me inmuté, tan solo reconocí que el faro frontal de su moto fue, en ese instante, la espiral sagrada de mi entrega.

-Pudiste haber matado a esa persona- me recriminó una conciencia lejana- No le presté atención, tan solo lo recuerdo porque tenía el acento y la voz regañona de mi madre.

4:00 a.m

Venancio duerme sin sudores ni convulsiones, enroscado como un nautilo en su caparazón de indolencia, yo mastico plácido mi sexta dosis, navegando a 85 kph por una mágica y nocturna carretera poco transitada, las luces de los faros no volvieron a engañarme. Pero la nítida imagen de un serpenteante y luminoso dragón de fuego, demasiado cercano en aquellos hechiceros cielos nocturnos, me hace frenar en raya, sacando a Venancio de su irresponsable sueño de complacencia.

-¿Qué pasa?- despertó alarmado.

-¡Usted me dijo que todo lo que vería tendría su fuente en la percepción de los sentidos comunes! Cosa de la que no estoy muy convencido… pero vi un corpulento dragón en los cielos, y a ese bicho no le encuentro asociación mundana- dije en tono de reclamo, mientras señalaba con mis dos palmas abiertas hacia la dirección astronómica del prodigio. Venancio buscó su botella de agua, vació medio litro en su cabeza, luego escrutó el espacio sideral, analizó la magnitud de cada estrella en el campo de visión y dijo: -No entiendo, si lo vuelves a ver me avisas, posiblemente fue un meteoro.- Y el desgraciado se volvió a dormir.

-¿Guía?, mis cojones- pensé en voz alta continuando suave y sin prisa por la ruta.  No había alcanzado los 95 kph, cuando de entre el alto horizonte de la noche, reaparece con más furia, color y cuerpo, el dragón.  Y de nuevo el reflejo de mi pie sobrecogido, pisa hasta el fondo del pedal de freno. Esta vez, el auto derrapa y gira tres vueltas y media sobre sí mismo en espiral perfecta, terminando intacto en el espaldón contrario de la carretera. Venancio yace en una posición indescriptible, con la cara pegada en el piso del auto. Lo más cercano a mis manos eran sus escuálidas nalgas, lo palmeó con fuerza y realmente desconcertado, le digo: 

-¡Exijo a mi “mentor”, aclarar este asunto!

-¿Ese maldito dragón de nuevo?- preguntó malhumorado y con la peor cara de resaca que he visto en mi vida-   Yo tan solo me encogí de hombros, convencido de no necesitar darle una respuesta.- ¡Mueve el culo del volante!-  ordenó con la falsa pero inapelable autoridad de una suegra. Me pasé al asiento del copiloto sin la sensación de ser destituido de mi cargo.

-¿Cómo te sientes?- le pregunté sin ironía pero consciente de que me valdría una insignificancia su respuesta- Creo que ya pasó lo peor de mi indigestión...- ¡Allí!- grité emocionado al ver de nuevo germinar en la noche al hambriento dragón de mis persecuciones.

-Ah sí… Ese infructuoso fuego… Son las torres de RECOPE (refinadora costarricense de petróleo) estamos muy cerca de sus planteles en Siquirres (tercer cantón de la provincia de Limón en Costa Rica)- dijo minimalisando a mis maximalistas dragones, con la astucia y falsa humildad de un “Doctor honoris causa” en asamblea de su primer discurso. Sin embargo Venancio, aclaró el origen de mi visión. Aunque a estas alturas de mi viaje, la opinión de ese acéfalo subacuático o la del más excelso profeta del universo, me valía un pepino. La cierta verdad fue que mis dragones quedaron tatuados con fuego en el espejo retrovisor, y allí permanecieron, girando y mordiéndose sus colas, hasta que me cansé de verlos.

5:00 a.m

La noche continúa regalándome sus prismas subatómicos. El pippip, del cronómetro, pone en mi boca el séptimo bocado de “La Carne de Dios” La aurora, derrama con lentitud galáctica sus cántaros de albor frente a mis ojos, empañándolos inexorablemente de religiosidad.  Luego… la impetuosa lujuria de amanecer, revienta y cohabita, una a una, las luminiscencias liberadas por las migajas cósmicas y efímeras del alba. Quedo desnudo y solo ante el éxtasis de la luz. El espectáculo de las viscosas nubes multicolores frente a mi horizonte, la concreta corpulencia de su vapor, el mensurable tonelaje de sus gotas juntas, la maravilla de su origen, sentir el espacio tridimensional de las inmensas distancias que separan a esas nubes de aquellas otras… ya no me impresionan. Ya no hay observador ni cosa observada, simplemente ya no hay trecho.  Luego duermo profundamente. Quizá me desmallé ante lo inconmensurable.

6:00 a.m

¡Despierta pendejo!- exclama con alegría Venancio, mientras palmea con irreverencia mi hombro izquierdo.

Mis ojos se abren sin lentitud, sin prisa ni apremio. Quizá nunca me dormí, sin embargo tengo en mi cuerpo la sensación de haber dormido tres edades cósmicas, sin ronquidos, pedos, ni bostezos. Saco de la pequeña hielera roja mi última dosis. Me sorprende ver al “niño” tan fresco, peligroso y travieso, como en el instante en que le coseché, y la sombría imagen del lienzo de Goya: “Cronos devorando hijo”, resurge en mi mente, tomo del tallo al postrero hongo entre mis dedos índice y pulgar, me recuesto en el asiento del auto y lo hago girar frente al abismo de mi boca, torturándolo. Pero al oírlo gritar:- ¡Ya suéltame marica! – lo tragué de golpe sin siquiera saborearlo…   Antes de abrir la portezuela del auto, avizoro y reconozco el lugar. Puerto Viejo de Limón. Inhalo ese aroma caribeño que solo el mar del Este y las mujeres bonitas saben exhalar. Entro al restaurante, una casona de madera, celeste, amplia, alta, vieja y apolillada. Con un sublime aroma de cocina afro-caribeña.  

-¡Abren temprano aquí!- dije mirando mi reloj de pulsera por primera vez-  Nunca cerramos- responde amable un joven que cuenta insuficientes billetes junto a su caja registradora. Un chiflido impertinente me hace mirar hacia donde esta Venancio, quien había escogido un lugar en la terraza con vista panorámica al mar. Me siento frente a él, en contra de la playa, la arena, el horizonte y las olas del mar, evito se abducido por su hechizo. Pongo mis manos abiertas en la mesa cuadrangular, cuyo mantel de aromático plástico y flores de colores están a punto de tragarme. Escucho a Nacho decirle al mesero: -Tráiganos dos “rice and beans” completos y un par de jugos de naranja.

-¡No bromee Nacho, yo quiero una cerveza!- acoté sediento.

-Nada de licor- respondió tajante.

Casquee con la lengua mi seco paladar en tono de protesta, cuando veo allá en el tablón de la barra, una silueta humana que llama poderosamente mi atención. Me levanto de inmediato y camino a ella. Venancio me sigue sin detenerme. Arrimo con torpeza un rústico y pesado banco de madera y me coloco muy cerca, pero muy cerca de tan bella presencia,… la perfección de su negro rostro, el aire de su postura, la brillantez de esa piel, los largos nidos de su desatendida cabellera. Perfectos y blancos dientes relampaguean entre honestas y pacíficas sonrisas, acerco mi cara a sus compasivos ojos hasta tocar mi nariz con la suya, no se retrae ni inmuta ante mi desvergonzado avance, tan solo sonrie exhalando el aliento maduro del hachís por entre sus carnosos y arrugados labios. Mis dos manos empiezan a escrutar, milímetro a milímetro los muchos pliegues de sus facciones, sus grandes y perforadas orejas…  Venancio me toma delicadamente por los hombros y dice:

-Creo que si necesitas esa cerveza- El anciano rastafari que tengo justo frente a mi nariz, suelta una humeante carcajada y agrega: -¡Yo la pago!- Escucho a Venancio comentarle algo sobre mi viaje. No sé que respondió el viejo serafín. Mi espíritu está inmerso en el océano de ámbar y los millones de burbujas que como planetas infantes ascienden raudos de mi jarra de cerveza, hasta perderse en el remolino central de la galaxia. Sin darle un sorbo regresamos a la mesa donde nos espera el humeante y aromático rice and beans” Como con ansia y con hambre hasta quedar satisfecho, encima Venancio ordena un postre de helados, miel y frutas que no tengo intención de ingerir, pero su insistencia es tanta que termino tragándolo todo.

7:55 a.m

Aparcamos el auto frente a la playa, Venancio tendió una manta bajo la sombra de una palmera y se acostó durmiéndose de inmediato, yo vacié mi mochila, tomé mi snorkel, patas de rana, mascarilla de buceo y me zambullí en el cálido mar del Caribe, nadando hacia el arrecife de coral, lejos de la belleza magnética de tanto bikini, relleno de sensualidad y tentación, que serpenteaba a mi diestra y siniestra sobre el polvo de estrellas de aquella arena blanca.

11:05 a.m

-¡Hijo de puta!- me grita Nacho viéndome salir a la playa y corriendo a mi encuentro- ¡tengo horas buscándote! Te creí muerto- vocifera en tanto revisa mi cuerpo palmo a palmo- ¡mira tus manos imbécil! Pareces una ciruela pasa…

 -¡Espera!- le urgí en tanto me quitaba las patas de rana y la mascarilla- mira allí- dije señalándole una posa en la playa- ¡los colores de esos pequeños peces son alucinantes! Aseguré con la convicción de que él no los podría ver.

-¡Alucinantes mis bolas!- respondió aun enojado- esos peces siempre han sido así: brillantes; esplendorosos y llenos de colores. No se necesita estar drogado para verlos tal cual son. Y tú, irresponsable desconsiderado, ya no tienes más que el recuerdo de la psilocibina en tu organismo, por tanto los colores “alucinantes” de tus malditos peces, los puede ver cualquier palurdo que no haya perdido el sentido de la belleza. ¡Camina no te rezagues! que aun tengo que hidratarte antes de iniciar nuestro regreso- refunfuñó pateando la arena.

12:00 medio día

Luego de un almuerzo ligero y dulce, el buen humor de mi amigo y preceptor se ha restablecido por completo- ¡Ponle más miel de abejas a esa papaya! Tienes que recuperar toda la glucosa cerebral si quieres regresar al mundo de los “cuerdos”- insiste sonriente Nacho- luego, peinándose la barba agregó: - Antes de regresar a casa quiero llevarte a un lugar especial, aquí cerca en Gandoca de Manzanillo.

Aparcamos el auto a la orilla de la carretera y subimos por una forestada loma. Nos sentamos en una amplia piedra con vista al mar. Venancio sacó una grabadora de bolsillo, la puso entre los dos y dijo: -Ahora cuéntame los detalles de tu viaje, pero en retrospectiva, empezando con tus últimas percepciones hasta llegar a las primeras.  

4:00 p.m

Sin pronunciar palabra regresamos a San José, turnándonos el volante y los discos de música que giraban eternos de jazz y blues. Sin embargo, entre el rítmico cabecear, los gestos de las manos y el tamborileo de los dedos al son de la música, nuestro dialogo fue profundo.

11:00 p.m

Ya en el solar de mi casa, al despedirme de mi amigo, éste me pregunto:

-¿Cuál crees que ha sido la etapa más reveladora de toda esta jornada?

-La posa de peces multicolores en la playa de Puerto Viejo- respondí sin dudarlo- Nuestro caminar y búsqueda por este y otros mundos, no tendrá espíritu; mente; sentimiento; razón, ni provecho alguno si no desarrollamos el sentido de la belleza.

 

Alberto Sibaja Álvarez

Setiembre 2012.

Comentarios a:sibowak@gmail.com

www.sibowak.com

 

VER MAS GRAFFITI

ANTERIOR

ARRIBA

SIGUIENTE

Regresar al índice de cuentos

_____________________________________________________________________ 

 Principal  / Esferas de piedra / Donaciones/ Galería de esferas / Reportajes / Videos/ Rincón literario/ Links

 

© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica