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Con sabor a hoz

LA ESFERA

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La revelación de tal hallazgo atizaba sus ánimos y esperanzas, transfigurándolo en el coraje mismo. 

La selva cedía de mala gana el ofensivo avance de Francisco. Vencida ante la insistencia de aquellos brazos obstinados, que imponiéndole el filo del machete, le calaba sacrílegos senderos para arrancarle su custodiado secreto.  

-He venido para encontrarla y no me regreso sin un examen completo -Gritaba solitario el arqueólogo a su envolvente enemiga. 

Casi un mes de búsqueda en las selvas tropicales de la baja Centro América, hacían que el estudioso Francisco, empezara a dudar de la veracidad de sus informantes aborígenes. Sus raciones de alimento se habían agotado varios días atrás, pero el explorador científico lo inadvertía, debido a que su febril obsesión le inoculó una agazapada anorexia.  

De ser leales las reseñas de los indios, mismos que no se atrevieron a acompañarlo, ese objeto arqueológico sería único en virtud de dos inigualables detalles: Un diámetro superior a los tres metros y el otro: la superficie de la esfera estaría cubierta por entero de reveladores gravados.

- ¡No! no me vencerá esta inhóspita maraña vegetal. 

Así, el científico, soportaba las horas, acarreando su doloroso equipo bajo un cielo tapizado de verdes, cielo que jamás desahogó su llanto. 

-¡Desgraciados mosquitos ¿Cuando se cansarán de fastidiarme?  -Se decía Francisco, en tanto agitaba el ajado sombrero frente a su cara. 

Distraído por los hambrientos insectos, un inesperado y filoso barranco le destrozó aquel tiempo electrónico y sin rubíes que siempre llevaba atado en su muñeca izquierda. En su lugar ató una improvisada venda que pronto se ensangrentó. Pero el tajo de su herida le duele menos que las horas. Horas que se revuelven caóticas en un tupido espacio agreste, ajenas por completo a los relojes de los hombres. Allí el sol marca el compás del tiempo, pero se queda perezoso hamacandose en la cúspide lejana de las maderas preciosas. 

Tumbado en la tierra húmeda y alfombrada de hojas muertas, se siente arrobado por el espectáculo de luz que le regala, como en son de tregua, la jungla lujuriosa. 

 Admira como una que otra hilacha de luz, logró eludir el denso dosel de los árboles y penetra libidinosa en la franja de tierra revuelta por su aparatosa caída, fecundando con ansiedad a alguna privilegiada semilla. 

Pero Francisco se incorporó pronto y sacudiendo la hojarasca de su ropa, reanudó su marcha. Presentía la proximidad de la esfera.

A pocos pasos de su caída, reconoció un antiguo sendero de piedra, sus energías se renovaron y lo siguió como perro de caza, hasta que la noche madre cubrió, aromática y sonora, a todas las nochecitas que se incuban perpetuas en la cálida humedad uterina del bosque tropical.

Conllevado por su linterna y por las instantáneas incandescencias de aquella tormenta eléctrica, que quiso perturbar la noche, la encontró por fin. Reposando milenaria en un amplio descampado, se hacía acompañar por inmensas estatuas, planas y antropomorfas, clavadas como espigas de piedra, le evocaron terribles guardianes.           

A los pies de la redonda escultura se podían advertir jaguares, dantas y lagartos tallados con maestría.

Francisco dejó caer su pesada mochila y la admiró entre el asombro de los relámpagos. La presencia monumental de la gigantesca esfera de piedra, estaba intacta dentro de su contexto arqueológico. 

Aquella talla, inexplicablemente perfecta en su esfericidad, reposaba enfática, gigantesca, dormida por siglos, tachonada de líquenes y acicalada entera por reveladores petroglifos. La selva misma en solemne venia abría su brazos dejando un claro para que su huésped milenario mirara al firmamento. 

El cuerpo entero del obstinado explorador calló rendido a pocos metros de la esfera, su espalda encontró asidero en una maternal danta de piedra.

La lluvia amainaba sus gotas y una luna en creciente dejaba asomar sus tímidos brillos sobre el recién descubierto sitio.

 El científico quiso buscar su cuaderno de notas de campo, para empezar a describir el hallazgo, pero sus manos no le respondieron. Moría irremediablemente de inanición y lo supo. 

-Bien- se dijo sin aprehensiones, mirando hacia la esfera – si me lo permite, creo que es hora de tomar un merecido descanso.

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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